Kaukokaipuu : Daniel Tordera

He acabado (oficialmente) la novela

Me resulta difícil situar el punto en el que puede considerarse terminada una novela. ¿Es después del primer borrador, cuando terminas la versión que envías a tus primeros lectores cero, cuando estás ya cansado de darle vueltas y decides rendirte, cuando decides publicarla? No creo que ninguna respuesta sea la correcta.

Una novela nunca está acabada (a veces es ella la que acaba contigo).

Sin embargo, creo que este es un buen momento para decidir que la novela ha sido terminada… y aún así sigo planteando cambios muy significativos a la historia y a los personajes, mi cabeza se resiste a dejarla como está y me es imposible ignorar los muchos errores que encuentro a cada leída que le hago.

Ha sido un año y medio trabajando con constancia, casi cada día, compaginando con mis otras ocupaciones y proyectos, sudando cada línea y cada palabra. Envidio a esos escritores que hablan del placer de escribir, como si fuese un acto liviano, como quien habla de una conversación relajada con un amigo o de un paseo ligero por el parque. Para mí es una batalla constante, una guerra de trincheras, una lucha que te desgasta y te erosiona. Esta lucha tiene muchos frentes: la hoja en blanco, la trama, los personajes que la pueblan, mi propia mente y, el más duro de todos, mi crítico interno.

¿Por qué escribo entonces, si tanto me hace sufrir? La respuesta a esta pregunta no es sencilla y tiene múltiples respuestas. Escribo porque llena una parte importante dentro de mí, que no puede ser llenada de otra forma. Escribo porque es un sufrimiento agradable, como el entrenamiento de un deportista. Escribo porque la sensación de satisfacción al final del camino es incomparable a ningún otro placer. Escribo porque es difícil. Escribo porque necesito sacar esas voces que llevo dentro. Escribo porque en el fondo me gustaría dejar constancia en este mundo, aunque sea consciente de que es una aspiración fútil.

Escribo porque amo escribir.

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Esta novela la acabé de escribir a 20 grados bajo cero. 68º 35′, 18º 84′.


toki pona

tokipona

Llevo meses sin actualizar el blog, pero es que llevo esos mismos meses inmerso en mi novela. La buena noticia es que está apunto de ser terminada –o como me gusta decir a mí, siguiendo la tradición de tantos escritores, abandonada.

Dejo aquí este texto publicado en la Revista Bostezo, de la que sea quizás mi mayor contribución a la historia de la literatura universal.


Relato: Viaje en Autobús

Me siento en la ventanilla, asiento diecisiete, y mi mujer se sienta en el pasillo, asiento dieciocho. Al momento me pide si podemos cambiar y accedo porque si algo he aprendido sobre las relaciones es a saber ceder en las cosas importantes. Además así aprovecho para tocarle el culo cuando hacemos el cambio de sitio.

Ayer me hice un viaje de siete horas y cuarenta minutos. Durante el viaje escribí un relato una gamberrada, a la que le puse el original título de Viaje en Autobús. Por desgracia mi trayecto no fue tan agitado como al del protagonista del relato de la ida de olla.

Dadle al enlace, leedlo y comentadme qué habríais hecho vosotros en esa situación.


Luces

Una bañera en un campo verde.

Y me pregunto qué sería estar desnudo dentro de ella. Bañarse bajo la lluvia, purificarse con ese agua. Empaparse de naturaleza. Inspirar ese olor a hojas y hierba húmeda. Olvidar por un momento mi lugar en el mundo.

Pero al escribir esta última frase hace ya rato que el tren ha pasado de largo ese campo verde y esa bañera. Y así con todo. El tiempo camina y todo va quedándose atrás. Deseo apagarlo. Apagarlo para siempre. Poder bajarme de él.

Mi hoja de credenciales está vacía. Suspenso en logros. Suspenso en libertad. Los peores nudos son invisibles y no sé ni por dónde empezar. A veces la sensatez puede confundirse con la cobardía. Y aquí sigo, dejando que los campos verdes con sus bañeras vayan quedándose atrás. Siguiendo sin saber lo que es bañarse bajo la lluvia.


Kaukokaipuu

Al amor adolescente,
la inocencia del
me gustas,
te gusto.

Allí,
donde el abuelo
se fue
sin despedirse.

A aquella carretera
partida,
abierta en dos,
y
—esta vez sí—
elegir el camino soleado.

A aquel recodo del río,
pequeño santuario,
fuente de
tu inspiración,
agua
de la que bebe
tu poesía.

A todos esos lugares.
Quiero volver,
pero nunca he estado.


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