Kaukokaipuu : Daniel Tordera

Viaje en Autobús

Un viaje en autobús es por definición eterno. Especialmente si dura siete horas. Y cuarenta minutos. Los cuarenta minutos son los peores. Cuando ya han pasado las siete horas miras el reloj y dices “joder, aún quedan cuarenta minutos” y ya no sabes qué más hacer. Te has acabado el libro, la batería del móvil, el agua y toda esperanza. Es una mierda. Sin embargo, cuando vas a hacer una visita a tu suegra el concepto de eternidad se antoja atractivo.

El autobús sale a la hora prevista llevando un cargamento de ancianos. Me siento en la ventanilla, asiento diecisiete, y mi mujer se sienta en el pasillo, asiento dieciocho. Al momento me pide si podemos cambiar y accedo porque si algo he aprendido sobre las relaciones es a saber ceder en las cosas importantes. Además así aprovecho para tocarle el culo cuando hacemos el cambio de sitio.

Estoy muy cansado ya que ayer salí de fiesta y no he dormido casi nada. Es lo que tiene dejarse la maleta hasta el último momento. Me gusta vivir al límite. Cierro los ojos para intentar conciliar el sueño pero no puedo dejar de pensar en mi proyecto de novela y en mis siete millones de lectores potenciales que acabarán convirtiéndose en la nada desdeñable cifra de cero lectores reales. La condenada me amenaza desde el fondo de mi mochila y yo no me atrevo a enfrentarme a mis fantasmas.

Abro los ojos y en el reloj del autobús solo han pasado dos minutos. No me lo puedo creer. Saco mi móvil y compruebo la hora. Ha pasado media hora. Respiro aliviado, solo quedan siete horas. Y diez minutos. Diría que los últimos diez minutos son los peores, cuando casi has llegado y ya no sabes qué más hacer, pero peor será la semana entera que pasemos con mi suegra. Siete días con ella, eso sí que es una buena definición de eterno.

Miro por la ventana. Las imágenes de la exuberante vegetación de la meseta española se suceden con monotonía. Estoy a punto de dormirme acunado por estas diapositivas cargadas de nostalgia árida y moteadas por pueblos que han vivido tiempos mejores cuando me doy cuenta de que algo no va bien. Tengo mucha experiencia en mirar por ventanas, sea en viajes en autobús, sea para espiar a la vecina de enfrente, y puedo certificar que aquí sucede algo extraño.

Hablo de los coches. ¡Es imposible! Van a toda velocidad, como si alguien los estuviese pasando a cámara rápida. Lo peor de todo es que parece que cada vez se van acelerando más y más. Al poco ya no puedo siquiera verlos. Es entonces cuando mi vista se clava en el fondo y pego un salto en mi asiento. Los árboles mudan sus hojas y las plantas crecen y mueren en cuestión de segundos. Acerco mi cara al cristal y me quedo absorto contemplando ese espectáculo lo que debería ser unos años pero que, por supuesto, no son más que unos minutos en el reloj del autobús.

Miro a mi alrededor. Mi mujer duerme y los pocos ancianos que están despiertos parecen ajenos al insólito fenómeno temporal que estamos viviendo. Saco el móvil y la agenda marca el año 1902, como si hubiésemos superado ya el máximo programado y hubiésemos dado la vuelta al calendario. Está claro que no diseñaron el teléfono para que durase mil años, ya no hacen los cacharros como los hacían antes.

Me llevo las manos a la frente e intento concentrarme. ¿Qué me está pasando? Puedo asegurar que no he tomado nada extraño ni ayer ni esta mañana. Debo de estar volviéndome loco, esa es la única explicación.

Una serie de explosiones me saca de mis pensamientos. Al fondo se ven unos hongos de fuego y humo que crecen hasta fundirse en el cielo. Después el sol desaparece tras una capa de polvo y el cielo se torna de un color gris apagado. El paisaje es aún más árido si cabe y la carretera muestra claros signos de desgaste. Es una imagen desoladora pero al menos ya no tendré que ver a mi suegra.

El autobús traquetea por una carretera que hace siglos que nadie mantiene y yo solo puedo pensar en que mis siete millones de lectores potenciales se han visto reducidos a tan solo unos sesenta, anciano arriba anciano abajo. Aun así el borrador de la novela sigue escondido en mi mochila y yo sigo sin atreverme a sacarlos. Me abstraigo observando el paisaje post-apocalíptico.

Me empiezo a mear mucho y voy al wáter. Debo llevar unos cuantos milenios sin ir al baño, no puede ser muy bueno para la vejiga. El autobús salta con cada bache y aquello parece el péndulo de Foucault.

Al volver mi mujer ya ha despertado. Mira ausente por la ventana como si nada.

—¿Me he perdido algo? —Pregunto.

—Nada —dice—. Estoy harta de este bus, a ver si llegamos pronto.

—Voy a dormir un poco.

Despierto y el reloj del autobús indica que ya han pasado siete horas. Me quedan los cuarenta minutos en los que sí sé qué hacer pero me niego a hacerlo. Aún no he corregido ni una sola línea de mi borrador. “Es que nunca he vivido una alteración del tejido espacio-temporal”. Cualquier excusa es buena para procrastinar.

Fuera la vegetación se ha vuelto a abrir paso. Al fondo se ve una manada de dinosaurios comiendo de las copas de los árboles. Lo observo con aire distraído, apoyando mi mejilla en mi puño, ya nada me sorprende. En el cielo un meteorito se desintegra cruzando la atmósfera. En unos instantes el paisaje pasa del fuego al polvo, del polvo al verde, del verde al hielo y del hielo a ese amarillo apagado tan característico de estas latitudes.

Las carreteras son ahora de arena, ahora de adoquines, ahora de piedra y ahora de asfalto. Empiezo a ver coches. Primero pasan muy rápido pero cada vez se van desacelerando más y más hasta que al final cruzan mi campo de visión a una velocidad normal.

Llegamos a nuestro destino y a través del cristal veo a la madre de mi mujer sonriendo y agitando la mano.

—Buen intento —me digo.

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